Post escrito por Antonio Muñoz Prejigueiro, alumno del Máster en biotecnología molecular y celular de plantas.
La evolución humana está marcada por descubrimientos que causaron un antes y un después. Uno de estos grandes inventos fue la metalurgia, de hecho, muchos periodos de tiempo como la edad de bronce o la edad de hierro reciben su nombre según los metales que éramos capaces de utilizar para crear multitud de herramientas. Nos enorgullecemos de ser los primeros seres vivos en sacar provecho de estos elementos y ser capaces de convertir “rocas” en algo útil. Sin embargo, ¿es esto realmente cierto? ¿Somos los primeros en descubrir el potencial de los metales?

Las plantas fueron uno de los primeros seres vivos en colonizar la tierra firme después de las bacterias y hongos, precediendo a los animales unos 40 millones de años. Durante este tiempo estas tuvieron que adaptarse a un ambiente completamente distinto. Una de las principales diferencias fueron los cambios en la concentración y solubilidad de elementos metálicos como el cobre, hierro, etc. De hecho, no todas las plantas evolucionaron de la misma manera, aún hoy en día una de las formas de diferenciar entre especies vegetales es según el tipo de estrategia que utilizan para tener acceso a estos metales.

Las plantas a diferencia de nosotros no pueden usar estos elementos para crear armaduras o herramientas que les sirvan para protegerse. ¿Cómo sacan provecho entonces a estos compuestos? La respuesta es más simple de lo que parece, pero no por ello menos interesante. Los metales son elementos indispensables para todos los seres vivos. Todos nosotros debemos ingerir una muy pequeña cantidad para estar sanos. No debo ser el único que ha escuchado la típica frase que dicen las abuelas: “Hijo, cómete las lentejas que tienen mucho hierro”. Sin embargo, a altas concentraciones los metales pueden volverse tóxicos. Esta misma dualidad entre toxicidad y necesidad son las estrategias que usan las plantas para defenderse frente a patógenos.

Cuando un patógeno como una bacteria penetra en una planta este debe multiplicarse para poder seguir infectando y colonizar completamente al huésped. Las plantas son capaces por un lado de privar a la bacteria de metales indispensables para su crecimiento como el hierro, moviéndolo a otras partes. Además, al mismo tiempo son capaces de acumular localmente altas concentraciones de otros metales como el zinc o el cobre que pueden dañar las paredes celulares de las bacterias. Un proceso similar en humanos es la reacción de inflamación que ocurre por ejemplo tras la picadura de un mosquito.

Más interesante todavía son las plantas hiperacumuladoras, las cuales son capaces de acumular hasta 1000 veces más elementos metálicos de lo que es habitual. Además de acumular metales más extraños como el níquel o el cadmio, los cuales de primera no realizan ninguna función en las plantas o son necesarios en cantidades ínfimas. Varios son los autores que han intentado explicar el porqué de este motivo. Las principales hipótesis se basan en intentar enlazar esta acumulación excesiva con alguna ventaja evolutiva como puede ser la defensa frente a patógenos, estreses abióticos o incluso frente a otras especies vegetales que compitan por su hábitat. Aunque la respuesta todavía se desconoce lo más probable es que todas ellas hayan jugado un papel en la selección de esta característica.
Sin lugar a duda las plantas son uno de los grandes olvidados en la ciencia, por lo que esta bien darles el reconocimiento que se les merece de vez en cuando. Y quién sabe, puede ser que dentro de unos años descubramos que no hemos sido los primeros en ir al espacio y que el resto del universo está lleno de verde y de color.
